El ocaso de la inicial intermedia
06Aug

La barba, tradicionalmente, ha podido aquilatar el porte o ensobrecer un aspecto demasiado aniñado, incluso otorgar cierta pátina moderna en los últimos años y siempre suscita el comentario de las almas más suspicaces: “¿Lleva barba? Algo debe esconder…”. Lo mismo sucede con las iniciales intermedias, que pueden tanto regalar un plus de sobriedad y enigma como proyectar una imagen demasiado presuntuosa o desfasada. De hecho, en los últimos meses, se han publicado diversos estudios y artículos que exponen que esa letra entre nombre y apellido, a menudo inventada y puesta ahí como esa flor (acaso innecesaria) que se coloca en el gazpacho de Master Chef para hacer bonito, está en caída libre. Muy poca gente la emplea y muchos de los que lo hacían se están desprendiendo de ella.

Los apóstoles de su aniquilación definitiva aseveran que la inicial intermedia es para listillos, si bien la de Homer J. Simpson o la de George W. Bush podrían desmontar el argumento. Pero, por otro lado, ahí están muchísimos grandes nombres: Arthur C. Clarke (en honor a su padre Charles), Hunter S. Thompson, William S. Burroughs… ¡Un momento! Todos escritores. Esta letra se popularizó a finales del siglo XIX, en pleno boom demográfico urbano, para distinguir entre ciudadanos de nombres similares.

La revista Time se hacía eco recientemente de un estudio publicado por el European Journal of Social Psychology que subrayaba la idea de que, efectivamente, los escritores que cuelan esa letra son percibidos como más talentosos. Lo probaron con un experimento: los estudiantes debían puntuar los textos de una serie de autores del uno al siete: David Clark, David F. Clark, David F. P. Clark y (tensaron mucho la cuerda) David F. P. R. Clark. Aunque parezca un chiste de Mel Brooks, ganó por goleada, con una puntuación de seis, el que tenía no una sino tres iniciales intermedias. Cuando ampliaron la prueba y les preguntaron con quién formarían equipo para un concurso intelectual, se decantaron por los nombres con iniciales (algo que no sucedió cuando se proponía un reto deportivo). Hay que añadir, sin embargo, que el estudio podría ser un pelín interesado: los profesores que lo promovieron se llamaban Wijnand A. P. van Tilburg y Eric R. Igou.

Esta investigación académica confirma todas las observaciones de Bruce Feiler, escritor y articulista de The New York Times que empleó en su día la inicial intermedia, pero que se ha deshecho de ella. Como todos los ex conversos ataca con furia para defender que la susodicha inicial está más acabada, por así decirlo, que las maracas de Machín. Explica en un artículo reciente publicado en su diario que en los últimos meses la ha abandonado Nicholas Kristof (compañero de cabecera y analista opinativo), que la librería de Barack Obama se deshizo de la H (de Hussein) que tenía por motivos prácticos y que en abril murió el editor de Mad Magazine, la revista satírica cuya mascota lucía una de las iniciales intermedias más famosas: Alfred E. Newman (la E, según los creadores, era para “enigma”, pero Feiler defiende ahora, con aire nostálgico, que nuestra época es demasiado obvia y no entiende de sutilezas). Que se conserva en círculos ultra académicos, sí, pero ha desaparecido de la esfera del showbusiness y el deporte. Es también increíblemente molesta en la era de Internet, por su difícil inclusión en las URL (en castellano sucede a menudo con la letra eñe: ejemplo: año; ejemplo más concreto, a leer en una URL: “el año de Mariano Rajoy”).

Los datos están del lado de Feiler: en 1900, el 84 % de los miembros del Congreso de EE UU contaban con su inicial, mientras que ahora sólo hace gala de ella un 38%. Lo mismo sucede con los Premios Pulitzer: todos en 1920, sólo uno de doce este año. Siete presidentes consecutivos en el pasado, de Franklin D. Roosevelt a Gerald R. Ford; últimamente sólo George W. Bush. John F. Kennedy vs. George W. Bush: los nuevos vientos no siempre soplan a favor.

Feiler también cita a Frank Muessel, editor de Names: A Journal of Onomastics. El especialista apunta que tanto los miembros de la Generación X como los millenials (nativos de Internet) piensan que la inicial intermedia es clasista, aunque los especialistas insisten en que sigue siendo útil en determinados ambientes. Muessel, de hecho, se la borró en los ochenta. Sin embargo, hay excepciones: la emplean aún, según dice, mujeres que planean una carrera política, aunque a veces el sector femenino se vea obligado a ello: a una tal Joanne Rowland su agente le dijo que vendería menos si quedaba tan claro su nombre de mujer. Un tipo tan visionario como el ejecutivo de Decca que rechazó a los Beatles. Aunque, bien, finalmente le hizo caso y firmó J. K. (por Kathleen, su abuela) Rowling.

¿Tendría más sentido este artículo si lo firmara Miqui M. Otero? Motero, habrá que pensar en ello. Lo consultaremos con el jefe.

 

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Publicado el 06 de August del 2014
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