El oscuro cheque verde
29Nov

Hace cinco años, en la histórica cumbre del clima de Copenhague, los 130 países más pobres del planeta estuvieron a punto de dar una patada en la mesa de negociación. Tras constatar que los países ricos no llegarían al prometido acuerdo vinculante de reducción de emisiones de CO2, las naciones en desarrollo exigieron por lo menos dinero sobre la mesa para adaptarse a los peores efectos del cambio climático. Así nació el Fondo Verde para el Clima, un cheque de los ricos a los pobres que deberá ir engordando hasta llegar a los 100.000 millones de dólares (80.000 millones de euros) cada año a partir de 2020.

En la cumbre de Copenhague de 2009 —a la que por última vez acudieron todos los grandes líderes mundiales, como el estadounidense Barack Obama y el chino Wen Jiabao—, una de las grandes batallas de los países más pobres fue intentar dejar claro que ese dinero debía ser nuevo. Si no quedaba cristalino que los fondos eran adicionales, clamaban, el cheque climático se extraería del 0,7% del PIB ya comprometido para la ayuda al desarrollo. Los países con menos recursos tendrían que elegir entre construir hospitales o barreras contra las inundaciones.

Cinco años después, la hucha del Fondo Verde para el Clima, establecida por Naciones Unidas en la ciudad surcoreana de Incheon, por fin es una realidad y se empieza a llenar. Tras una conferencia de donantes organizada en Berlín el 20 de noviembre, 22 países han comprometido 9.600 millones de dólares. EE UU aportaría casi un tercio, 3.000 millones. Japón, 1.500 millones. Reino Unido, 1.100 millones. Francia y Alemania, 1.000 millones cada uno. Italia, 313 millones. Y España anunció el viernes que contribuirá con 120 millones de euros [150 millones de dólares], “sujetos a la aprobación por el Consejo de Ministros y a la disponibilidad presupuestaria”, según detallan fuentes del Ministerio de Economía.

Este dinero es “crucial” para desatascar las negociaciones hacia un acuerdo internacional de reducción de emisiones de CO2, según ha resaltado Naciones Unidas en un comunicado. “Esto crea una atmósfera positiva para el comienzo de unas negociaciones exitosas”, ha coincidido Manuel Pulgar, ministro de Medio Ambiente de Perú y presidente de la cumbre del clima que tendrá lugar en diciembre en Lima.

Sin embargo, la duda sigue siendo la misma que hace cinco años. “Es muy fácil salir en la foto y decir yo aporto tanto pero, si el dinero sale del presupuesto ya comprometido para ayuda al desarrollo, es una trampa en toda regla”, critica la abogada española Aida Vila, experta en negociaciones climáticas de Greenpeace Internacional.

Algunos países ya han dejado claro que su dinero es viejo, con nuevo nombre. “El dinero de Reino Unido proviene de los fondos ya existentes [...] bajo el compromiso británico de destinar el 0,7% del Producto Nacional Bruto a la ayuda al desarrollo en el extranjero”, ha reconocido Londres en un comunicado. El Ministerio de Economía español no sabe todavía de dónde saldrá su aportación.

El origen del dinero prometido por EE UU también está lleno de sombras. Según el diario The New York Times, “no está claro” si los 3.000 millones de dólares saldrán de fuentes de financiación ya existentes o si el presidente Barack Obama tendrá que acudir al Congreso para pedir dinero nuevo. En el segundo escenario, los políticos republicanos tumbarían cualquier propuesta de más fondos para el cambio climático.

“Creo que lo más importante es que los compromisos ya existentes son lo suficientemente importantes como para poner el fondo en marcha y que funcione”, opina Harri Laurikka, principal negociador climático de Finlandia. Su país ha puesto 100 millones de dólares, 18 dólares per cápita, según ha calculado el think tank británico E3G. Es el tercer país que más dinero pone por ciudadano, por detrás de Suecia (60) y Noruega (25). EE UU pone 9,5 dólares por individuo y la media de la UE roza los 12. España se situaría en torno a los 3 dólares por persona.

“Comparar los compromisos realizados con el PIB o la población de cada país es un indicador útil” para juzgar cada promesa, señala Laurikka. “También es importante tener en cuenta si los compromisos se basan en subvenciones o en préstamos” que hay que devolver, apunta. Todo esto es confuso todavía.

La aportación de España llama la atención internacionalmente por lo exigua. “Creemos que debería haber sido mayor. Según muchas estimaciones, la contribución justa de España al Fondo sería 400 millones de dólares”, censura la abogada estadounidense Samantha Smith, de WWF Internacional. La ONG Oxfam ha calculado que España debería alcanzar los 540 millones.

“Creemos que es bueno que hayan llegado estas promesas iniciales, pero vigilaremos de cerca cómo se utiliza el dinero y qué condiciones ponen los países. Las grandes preguntas todavía están sin responder: ¿de dónde saldrá la financiación a largo plazo?”, remacha Smith.

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Publicado el 29 de November del 2014
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