El saco de dormir del explorador
26Apr

Llevado por la emoción, caí de rodillas ante el saco de dormir del viejo explorador polar desaparecido hace un siglo entre los hielos. ¡El saco de dormir de Oates! Oh God! Apoyé las manos en el cristal que me separaba de la reliquia y apreté la cara contra la fría superficie transparente tratando de ver mejor; pero la empañé. De esa manera me encontraron un buen rato después los únicos visitantes aquella mañana en el Polar Museum de Cambridge, una pareja mayor que muy británicamente hicieron como si no me hubieran visto, aunque apresuraron el paso. ¡El saco de dormir de Oates!

El capitán de caballería Lawrence Titus Oates (Londres, 1880-Algún frío lugar de la Antártida, 1912), miembro de la fracasada y agónica partida de ataque de Scott al Polo Sur y algo cojo desde que recibió una bala bóer en la soleada Sudáfrica, había pasado sus penúltimos momentos en ese saco que tenía ante mis ojos. Lo hizo antes de salir trabajosamente de él, incorporarse y abandonar el frágil refugio de la tienda batida por el viento antártico para adentrarse heroicamente en la intemperie, la ventisca, el hielo, la desolación y la muerte; momento señero, forjador de destinos heroicos (o frustraciones) reproducido de manera impresionante en el famoso cuadro de J. C. Dollman A very gallant gentleman que cuelga —y yo lo he visto con estos ojos— en el Cavalry Club de Mayfair.

Fue entonces, al dejar el saco —¡este saco!— y dirigirse a la salida de la tienda cuando, como si tal cosa, pronunció Oates la frase que le haría inmortal, la sublime frase quintaesencia de la valentía, el coraje, la gallardía del gentleman británico (si es que eso no es redundante): “I am just going outside and may be sometime”, “salgo afuera y puede que esté un rato”. Gesto torero. A -40º, con la que estaba cayendo, se internó en la noche polar, y nunca más se le volvió a ver. Lo hizo —e imagino el ademán de restarle importancia al acto (“bah, esto lo hago yo cada día”: es lo que tiene haber estudiado en Eton)— para ofrecerles una oportunidad a sus ajados compañeros del via crucis de retorno de la fracasada marcha de conquista del gran Sur (los noruegos de Amundsen habían llegado antes: los británicos eran segundos en una carrera en la que ser segundo era no ser nada —”It is a terrible disappointment”, escribió Scott en su diario—).

Oates vivió un tormento de quebranto y congelaciones, gangrena y escorbuto, en esa infernal marcha de regreso, mal planificada y realizada, y decidió quitarse de en medio a fin de no retrasar a sus camaradas y brindarles una oportunidad de salvarse (al menos esa es la versión canónica: en realidad, como siempre en la vida, las cosas seguramente fueron menos gloriosas y más cutres: parece que Scott hizo un cierto pressing sobre los más debilitados, Evans, que murió derrengado antes, y Oates, para que abreviaran).

¿Dijo Oates la Frase? Pues para ser sinceros no lo sabemos con certeza. No estábamos allí (a Dios gracias), y ninguno de los que sí estaban sobrevivió. El episodio ha llegado contado por el moribundo Scott en su diario (rescatado junto a su cadáver congelado). Y el capitán Scott, es sabido, tendió a convertir todo aquel desgraciado y gélido asunto en una narración épica, como una manera de justificar su derrota y el fracaso —cuasicriminal, según sus detractores— de su liderazgo. Anyway, el sacrificio de Oates aquel 16 de marzo resultó inútil (Scott, Bowers y Wilson murieron unos días después, hacia el 29, en el campamento final, a 32 kilómetros de donde se fue Oates), lo que lo hace aún más conmovedor, si te conmueven esas cosas, claro.

En honor y recuerdo de Oates y para estimularme con su capacidad de sacrificio (en lo posible) yo llevo siempre en el maletero del coche un saco de dormir. Además nunca se sabe, igual encuentras a alguien con quien compartirlo.

Sabía que la visita al Polar Museum del Scott Polar Research Institute (en cuyo frontispicio reza “Quaesivit arcana poli videt dei”, “buscaba los secretos del polo pero encontró la cara escondida de Dios”) y en cuyo jardín se alza la incongruente, para un centro polar, estatua de un tío en pelotas, iba a ser una experiencia inenarrable. Pero la realidad superó mis expectativas. Pasé ante un anorak esquimal hecho de intestinos de morsa, para precipitarme sobre las vitrinas dedicadas a las expediciones polares y sus sinsabores. Los entorchados de sir James Clark Ross, el estandarte del HMS Erebus, el termómetro de Franklin… Admiré toda esa parafernalia hasta llegar a la sección consagrada a Scott, la apoteosis del fetichismo polar: sus gafas, su hornillo Primus, su neceser, la bolsa en que guardaba su diario (y para coger la cual fue necesario fracturarle el brazo congelado), una galleta renegrida…

Unos tiradores permiten extraer unas cajas acristaladas con las últimas cartas de Scott y los suyos, escritas buena parte en los últimos días, cuando sabían que estaban condenados. Observar los originales de esas famosas misivas postreras resulta impresionante. La de Wilson a la madre de Oates —“su hijo tuvo una muy noble muerte”—, la de Scott a la mujer de Wilson —“al final no está sufriendo mucho, afortunadamente, solo pequeñas incomodidades” (!)—, la célebre del mismo Scott a su propia esposa, encabezada “A mi viuda” —”no he sido un muy buen marido pero tengo la esperanza de que seré un buen recuerdo”—. Leía todo eso, mientras una mano helada me estrujaba el corazón.

Y entonces vi el saco de dormir de Oates.

Lo encontró la partida de rescate encabezada por Cherry-Garrard en noviembre de 1912, tras hallar la tienda con Scott, Wilson y Bowers. Retrocedieron hacia el sur a ver si daban con el cuerpo de Oates, pero solo hallaron el saco, dejado por el grupo en el camino antes de seguir hacia su siguiente cita con la muerte. Dentro del saco estaban las botas y los calcetines de Oates; lo que indica que salió de la tienda descalzo. Es de piel. Impresiona la gran abertura: la hizo Oates con el cuchillo para poder entrar y salir porque las congelaciones le entorpecían.

Parte de mí se ha quedado dentro de ese viejo saco. Envoltorio vacío del supremo coraje, vaina del héroe, crisálida incubada en el frío hielo de esa extraña criatura en la que nunca nos convertiremos los comunes mortales.

 

Lawrence Oates, miembro de la partida de Scott, poco antes de marchar hacia el Polo Sur. / h. ponting

 

 

 

 

Vivió un tormento de quebranto y congelaciones, gangrena, escorbuto

 

Por Administrador
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Publicado el 26 de April del 2014
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