El tesoro no estaba en el mar
11Jun

El tesoro de la Mercedes tenía todos los elementos de una buena historia: unos modernos piratas que se hacían con una gran carga de plata y oro español y lo transportaban en secreto desde Gibraltar a Estados Unidos; el relato de un asalto naval que acabó metiendo a España en una nueva guerra contra los ingleses que anunciaría el desastre de Trafalgar; los dramas de los pasajeros de aquel barco hundido y los recuerdos de sus descendientes; historias de arqueólogos, buscadores de tesoros y pistas escondidas en miles de legajos y archivos históricos; y por supuesto, un larguísimo litigio de casi seis años que enfrentó a la empresa Odyssey y a España donde los letrados de ambas partes usaron todas las estrategias posibles para convencer a un juez de Florida de sus derechos sobre el tesoro. Esa aventura es el caso Odyssey o el caso de La Mercedes,como prefiera llamarse a esta historia, y todo eso puede verse en las exposiciones que ahora se inauguran.

Pero esos elementos han tapado de alguna manera otras historias menos novelescas aunque de consecuencias más importantes. Para empezar, el caso puso sobre la mesa un debate sobre dos modelos de arqueología. El de Odyssey, liberal y lucrativo, se basa en el derecho de rapiña, una vieja ley marinera que concede el estatus de propietario a aquel que encuentra algo en el mar. La empresa cuenta con tecnología y buenos arqueólogos, pero siempre ha puesto los fines lucrativos por encima de la ciencia. Mientras tanto, el modelo de España, más centrado en lo público, antepone la defensa del patrimonio y aunque considera legítima la búsqueda arqueológica de pecios, siempre que no se comercie con ellos, tiene pocos medios a su alcance para rescatar restos de naufragios y llevarlos finalmente a un museo.

Muchos arqueólogos hablan de la necesidad de encontrar un punto intermedio entre estos dos modelos, algo que hiciera posible que la iniciativa privada pudiera rentabilizar las costosas inversiones que requiere hallar un pecio al mismo tiempo que se protege el patrimonio subacuático.

Ése era, en parte, el modelo que vendía Greg Stemm. El cofundador de Odyssey lo apostó todo por convencer al mundo y a los jueces de que su empresa hacía compatible la búsqueda de yacimientos con la rentabilidad. Gastó millones en abogados, en expertos y máquinas para localizar y extraer los tesoros. El éxito de su apuesta pasaba por el tesoro de La Mercedes. Si los jueces de Tampa le daban los derechos del hallazgo, se sentiría respaldado para buscar, sacar y explotar comercialmente los tesoros de cualquier nación perdidos en aguas internacionales.

Su sueño se desmoró el día que el juez Mark Pizzo dio la razón a España. La contundencia con la que lo hizo —hablando de las víctimas del naufragio y dejando muy claro que La Mercedes era un buque de guerra español— dejó poco margen a la empresa de cazatesoros para continuar con su negocio.

La decisión del juez no solo respaldó el trabajo de los abogados de España y sentó jurisprudencia ante potenciales expolios. Sirvió para demostrar que hay un buen grupo de científicos, historiadores y técnicos españoles capaces de hacer bien su trabajo, sin alharacas, y encontrar en muy poco tiempo pruebas para demostrar que solo España tenía derecho sobre su pasado naval.

También hay lecciones que sacar. Si Odyssey no hubiera extraído el tesoro, la historia de La Mercedes se conocería solo en los ámbitos académicos. España tiene miles de pecios bajo el mar y un pasado naval por explotar, no a través de la comercialización de monedas, sino con las apasionantes historias de sus marinos, sus éxitos y sus fracasos. El reto es dar a conocer esas narraciones, sea con financiación pública o privada. Ése es el auténtico tesoro que hay que dar a conocer y nunca estuvo en el fondo del mar.

Por Administrador
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Publicado el 11 de June del 2014
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