El tobogán de la natalidad en España
10Jan

Cada año, en una ceremonia aclamada por el nodo y los periódicos del régimen, el dictador Francisco Franco entregaba sus excéntricos Premios Nacionales de Natalidad, que siempre destacaban el número de hijos de los matrimonios ganadores en tres descarnadas categorías: el total de hijos nacidos, el número de hijos vivos tras la guadaña de la mortalidad infantil y la cantidad de vástagos que permanecían fielmente en el hogar familiar.

En 1972, un tercer premio fue para “Julián Amor Gómez, de 48 años, obrero, casado con Pilar Iglesias Arroyo, vecino de Lagartera (Toledo)”, como contó el diario ABC. “Han tenido y les viven 18 hijos, todos ellos en el hogar”, celebraba el rotativo. El galardón, en realidad, no se tradujo en nada. El matrimonio tuvo que esperar hasta 1987 para recibir una casa para su prole de manos del Gobierno socialista de Castilla-La Mancha.

La peripecia de los Amor Iglesias es un ejemplo extremo de la histórica ausencia de políticas demográficas en España. Un análisis de los más de 38 millones de nacimientos registrados en España entre 1941 y 2010 recuerda ahora los conocidos efectos de esa falta de políticas: una caída “bestial” de la natalidad, en palabras del principal autor del estudio, el pediatra Jesús María Andrés.

El trabajo, con datos del Instituto Nacional de Estadística, constata cinco puntos de inflexión en una gráfica que parece un tobogán de un parque acuático, con un techo en 1944, llegando a tasas de 23 nacimientos por cada 1.000 personas, y un suelo en 1998, con una tasa de 9 recién nacidos por cada 1.000 habitantes. El resto de puntos de inflexión aparecen en 1976, cuando la natalidad se desploma tras la crisis del petróleo y la muerte de Franco; en 1985, cuando se desacelera la caída; y en 2008, en el arranque de la actual crisis económica, cuando vuelve a caer tras un espejismo de repunte.

“Desde 1975 vemos un descenso brutal de la natalidad, a la mitad, y esta tendencia ha llegado para quedarse”, pronostica Andrés, del Complejo Asistencial Universitario de Palencia. Su estudio, publicado en la revista Anales de Pediatría, menciona conocidos factores socioculturales detrás de estos cambios, como el mayor porcentaje de mujeres con trabajo remunerado, el mayor número de personas con estudios universitarios, el incremento en la renta familiar y la transformación del estilo de vida en España, que hacen inconcebible la existencia hoy de un matrimonio como el de los Amor Iglesias.

El análisis, que no incluye Ceuta y Melilla, termina en 2010 y “no es capaz de mostrar los efectos que, sobre las tasas de natalidad, ha supuesto la crisis económica española”, según admiten los autores. Sin embargo, a juicio de Andrés, este tipo de estudios sirve a las autoridades para “programar el futuro”, planificando adecuadamente los recursos en los servicios de pediatría, educación y pensiones.

Para el demógrafo Julio Vinuesa, de la Universidad Autónoma de Madrid, el nuevo estudio no aporta grandes novedades, más allá de recordar “la caída en picado de la natalidad” en España. “Estamos ante un descenso vertiginoso de la natalidad y parece que a nadie le importa lo más mínimo. A corto plazo es un desahogo, porque implica menos gasto para las familias y para el Estado, y nadie se queja porque nadie se para a pensar en las consecuencias para el futuro”, reflexiona.

Vinuesa, autor de manuales para el Instituto Nacional de Estadística, critica la falta de investigación sobre la evolución de la población española en el último siglo y la consecuente ausencia de políticas adecuadas. “En España hemos pasado el siglo XX en blanco respecto a las políticas demográficas y no hay atisbo de que esto se vaya a corregir”, lamenta.

Si, como ha sugerido el economista británico Paul Wallace, autor de El seísmo demográfico, la principal inversión de cualquier sociedad debe ser en su propia sustitución, la población española ha fracasado. Esto es un hecho de sobra conocido pero, como subraya Vinuesa, la explicación sigue siendo una acumulación de conjeturas.

Hace ya una década, el demógrafo intentaba explicar el batacazo de la natalidad en España. Durante los años setenta, en España nacían de media unos 665.000 niños al año, frente a los 380.000 de los noventa. Sin embargo, el número de mujeres en edad fértil había crecido, desde los 8 millones de 1970 a los más de 10 millones de 1996. La primera pista estaba, por lo tanto, en la disminución de la fecundidad. España pasó de ser el país con la mayor fecundidad de Europa (2,90 hijos por mujer en 1970) a tener el índice más bajo del mundo (1,15 en 1998), señalaba Vinuesa.

Pero, ¿por qué? Durante el franquismo, lo que la sociedad española esperaba de las mujeres es que se casaran y tuvieran hijos. Ese papel fue esfumándose. Al mismo tiempo, durante la segunda mitad del siglo XX, los hijos dejaron de ser una ayuda en la economía familiar para convertirse en “un bien de lujo”, en palabras del nobel de Economía estadounidense Gary Becker. Y, en paralelo, la mujer debía trabajar fuera de casa para sostener el aumento del nivel de vida y el consumismo familiar. Poco a poco, el éxito social dejó de conseguirse mezclando espermatozoides y óvulos y se ligó a la proyección profesional y a los ingresos económicos.

Sin embargo, como recalca Vinuesa, todas estas circunstancias están presentes en todas las sociedades desarrolladas, pero el tobogán de la natalidad en España no tiene parangón. ¿Dónde está la explicación entonces? ¿Qué tiene España de diferente?

Vinuesa respondía hace una década con un arsenal de datos, como el de la vinculación natalidad-nupcialidad, una de las más altas de la UE. La proporción de nacimientos dentro del matrimonio era casi del 90%, frente al 60% de países como Francia, Suecia y Dinamarca. Adquirir una vivienda costaba, además, el 50% de la renta familiar, convirtiendo el mercado español de la vivienda en uno de los más caros del mundo. Y las viviendas públicas en alquiler representaban solo el 2%, frente al 18% de la UE.

Al mismo tiempo, el porcentaje de jóvenes de entre 25 y 29 años que permanecía en el domicilio familiar, a menudo sin empleo o con trabajos precarios, superaba el 60%, frente a proporciones de menos del 20% en Alemania, Francia y Reino Unido. Y, todo ello, en un mercado laboral en el que la maternidad era un factor de exclusión. Ya hace 10 años, Vinuesa solicitaba “políticas decididas de apoyo a la fecundidad”. Y sigue pidiéndolas. “No han existido nunca”, critica. Y el tobogán sigue bajando.

Por Administrador
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Publicado el 10 de January del 2015
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