La criminología hace carrera en el país del narco
18Jan

En los últimos años, en casa del adolescente mexicano Jorge Alberto Hernández, su madre, su hermano y él han tenido el hábito de sentarse varias veces a la semana por la noche en el sofá para ver juntos los capítulos de CSI, la serie americana de homicidios. Su padre solo los puede acompañar de vez en cuando. No siempre le da tiempo a llegar de su trabajo de conductor de un camión de reparto de Coca-Cola. Durante cada capítulo, la familia Hernández se entretiene intentado saber quién es el asesino. “A veces lo logramos, no siempre”, dice Jorge Alberto al teléfono desde su ciudad, Villahermosa, en el sureste de México. El muchacho tiene 16 años. Su objetivo es ser criminólogo. De tanto sentarse con su madre y con su hermano a ver asesinatos de ficción, Jorge Alberto Hernández ha decidido que quiere ser experto en mentes criminales en un país donde lo que es una ficción es la paz.

En México hay un boom de los estudios de criminología que viene desde mediados de la década pasada. Los expertos en el asunto consideran que se debe a dos causas: una, el poder adictivo de las series americanas de homicidios, y otra la omnipresencia social y mediática del crimen que ha traído consigo la explosión de narcoviolencia de los últimos años. Martín Gabriel Barrón, profesor del Instituto Nacional de Ciencias Penales (INACIPE), dice que se calcula que ya hay más de 20.000 estudiantes de criminología entre licenciaturas y cursos de posgrado que han ido apareciendo como setas en este período. A finales de los años noventa eran unos cientos.

Es un fenómeno académico rampante pero confuso. Según los expertos, en muchos centros de estudio se confunde criminología con criminalística, el porqué de los asesinatos con el cómo, la ciencia con el trabajo policial, y se confunde también la cantidad de crímenes que hay en México con las posibilidades disponibles de trabajo criminológico.

De las 32 entidades que componen este país, solo dos tienen peritos criminólogos, Nuevo León y Baja California, dice Barrón. La razón de ser de los crímenes está lejos de ser una demanda laboral. Pedro Peñaloza, profesor del INACIPE y de la Universidad Nacional Autónoma de México, lo explica de otro modo: en cifras gruesas, uno de cada dos graduados en criminología acaba trabajando de policía. Otros trabajan en cárceles, y otros en un campo menos excitante que el de las series de homicidios americanas: la selección de personal para empresas.

Jorge Alberto Hernández dice que lo quiere es saber por qué sucedieron los crímenes. De todos los capítulos que ha visto de CSI, le interesó especialmente uno de un asesino que enterraba a sus víctimas en el bosque. Cuenta que cuando lo atraparon, el homicida no opuso resistencia y que aceptó todos los cargos. “Mataba porque estaba loco. Estaba loco mentalmente”, dice el muchacho.

Fuera de los asesinatos en la tele de su casa, recuerda que le impactó mucho el asesinato de un político de su región en 2009. Entraron en su casa de madrugada. A él y a su esposa los mataron de un tiro. A sus dos hijos pequeños los asfixiaron. Esto pasó cerca de dónde vive Jorge Alberto, un aspirante a criminólogo que de momento se dedica a terminar sus estudios preuniversitarios y a trabajar en su tiempo libre de caddie en un campo de golf.

Los académicos de la criminología creen que su ciencia debería servir para alcanzar una comprensión más profunda de la violencia. Barrón dice que debe ayudar a entender la “descomposición” de México. Cita un caso de los últimos años que le parece ilustrativo, el de un sicario detenido en 2009 cuyo cometido era disolver cuerpos en sosa cáustica. Le llamaron el Pozolero. El pozole es un caldo típico mexicano. Barrón se pregunta: “¿Qué implica pozolear a una persona? ¿Cuántos pozoleros más tenemos en el país?”.

Lo mismo se pregunta sobre uno de los fenómenos macabros que se han repetido en México en la etapa de violencia actual, las decapitaciones y los desmembramientos. “¿Qué pasa por tu mente después de descuartizar a una persona?”. Dice Barrón que ha conocido casos de sicarios que después de cortar en trozos a tres o cuatro personas se iban a jugar con sus hijos, y que la respuesta común de esta gente cuando se les pregunta por qué lo hicieron es la de un empleado de una cadena de montaje: Es mi trabajo.

Al Pozolero, el profesor Peñaloza lo describe como un caso típico de crueldad vacía, sin sentido de pertenencia a nada. Un tipo para el que establecer un récord de humanos disueltos en barriles de ácido era “la única forma de que lo reconociesen”. Del criminal más conocido del momento en México, el Chapo Guzmán, capo del cartel de Sinaloa, del que abunda la idea de que es un genio empresarial del mercado de la droga, Peñaloza opina que no es tanto como eso: “Mi impresión es que es un individuo con escasa formación que cumple un rol dentro de una red de gente más preparada y en la que él es la imagen de la exacerbación del poder”.

Barrón también duda del perfil mediático de Guzmán. “Nos lo han presentado como una persona extremadamente inteligente, hábil, desalmada. ¿Qué tanto de ese imaginario es cierto? Habría que ver qué papel representa él, porque el narco es una empresa muy grande”.

Un caso que ha estudiado Barrón con detalle es el de una mujer conocida como la Mataviejitas, detenida en 2006, que asesinaba a ancianas a las que cuidaba. Explica que este caso, muy sonoro en México en su momento, es el clásico del asesinato en serie. Dice que es una persona con rasgos psicopáticos y “sumamente tranquila”. Cuando le preguntaron por un detalle peculiar de sus crímenes (no mataba después de las dos y media de la tarde) respondió que a esa hora ya se tenía que ir a buscar a sus hijos a la escuela.

La criminología mexicana, dicen los expertos, todavía está lejos de ser un recurso usual en el análisis del problema de la violencia y en la búsqueda de soluciones. Gabriel Regino, profesor en la maestría de criminología de la Universidad Nacional Autónoma de México, juzga que por ahora en su país la estrategia es por encima de todo la de vigilar y castigar. “La criminología podría contribuir a entender las causas, pero eso solo ocurrirá el día en que los gobiernos le den a la política criminal un estatus de herramienta primordial que anteceda a lo policial o a lo militar”.

Desde el rincón de la academia, los criminólogos avisan de que además de detener a sus delincuentes México debe conocer su contexto para prevenir: la pobreza, la educación deficiente, la idea del dinero como único valor de referencia y, como dice Peñaloza, la mezcla de exclusión y frustración: “El rencor social acumulado”.

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Publicado el 18 de January del 2014
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