Las notas perdidas del explorador
21Oct

El hielo raramente suelta a los exploradores polares que captura —y por ahí andan aún los cuerpos congelados del capitán Scott y su malogrado grupo deslizándose lentamente con la deriva continental antártica—, pero a veces devuelve algunas de sus cosas, y resulta de lo más emocionante. Es lo que ha sucedido con un cuaderno de notas recién hallado en la vieja base de Cabo Evans y que pertenecía a George Murray Levick (1876-1956), uno de los miembros de, precisamente, la expedición al Polo Sur liderada por Scott. Esa expedición, llegada en 1910 a bordo del Terra Nova, tenía el objetivo de conquistar el polo —empresa en la que Scott y sus cuatro acompañantes fracasaron, dejándose la vida— y realizar distintas investigaciones científicas, buena parte de ellas relacionadas con los pingüinos.

El cuaderno, que ha aparecido junto a la cabaña de la expedición, al fundirse la nieve, es un sencillo bloc que contiene las anotaciones a lápiz de Levick especificando la fecha, sujetos y detalles de exposición de las fotos que tomó en 1911 en Cabo Adare. No contienen nada muy épico —del tipo de las cartas de despedida y los diarios de Scott—, ni tan práctico como las botellas de brandy de Shackleton, pero sus páginas amarillentas son una emocionante ventana abierta a la aventura polar. Y las notas han servido ya para documentar y contextualizar fotos. Para leer el cuaderno, que se encontraba en un estado tan deplorable como se puede imaginar tras 100 años a la intemperie, ha sido preciso someterlo a una minuciosa restauración, a cargo del Antartic Heritage Trust, que ha realizado un vídeo explicando el proceso.

Levick formó parte de la cuadrilla de seis conocida como Grupo Norte que realizó investigaciones en la línea costera de Tierra Victoria y que, aunque no murieron como el grupo de Scott, lo pasaron realmente fatal, en la más pura tradición de la exploración polar británica. Tras invernar en una cabaña en Cabo Adare y pasar la primavera y el verano estudiando la gran colonia de pingüinos adelaida, el grupo fue llevado a bordo del Terra Nova a la bahía que lleva su nombre pero no pudieron ser sacados luego de ahí por mar y tuvieron que pasar otro invierno en una cueva de hielo en Isla Inexpresable (!) alimentándose de focas y pingüinos, y volver luego por tierra arrastrando sus trineos hasta la base de Cabo Evans. Unas vacaciones, vamos. Levick dijo luego que el infierno debía de estar hecho de algo del estilo de Isla Inexpresable, y no se refería al calor.

Murray Levick era cirujano, zoólogo y fotógrafo, además de miembro de la Royal Navy. En Cabo Adare tuvo la suerte —para alguien interesado en los pingüinos— de poder observar durante mucho tiempo una de las grandes colonias de esas aves, y todo su ciclo reproductor. Reunió los conocimientos adquiridos en una obra clásica, Antartic Penguins, expurgada de parte de su contenido sexual considerado demasiado fuerte para la época.

Efectivamente, Levick se guardó para un opúsculo de circulación reducida lo que consideraba “depravada sexualidad” de los pingüinos adelaida, incluidos el acoso, la homosexualidad y la necrofilia. En realidad, los pingüinos macho montan a las hembras muertas no por vicio sino porque creen que están vivas (lo que, cierto, no dice mucho sobre la calidad de su vida erótica).

En 1940, con 64 años, Levick regresó a la Marina para ejercer de instructor de comandos en la II Guerra Mundial. Sin duda más por su experiencia de supervivencia que por su conocimiento de los pingüinos.

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Publicado el 21 de October del 2014
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