Pensar a largo plazo
19May

Un disparador de la última crisis económica fue el frenesí por los resultados a corto plazo. Como si se avecinara el fin del mundo, fondos de inversión y empresas buscaban grandes beneficios en un tiempo récord, mientras las familias se endeudaban para realizar cuanto antes compras inmobiliarias y viajes. Los consumidores no quisieron esperar a adquirir lo que no podían permitirse, y los bancos no podían esperar a engrosar su actividad, aunque fuera a costa de prestar dinero a quien difícilmente podría devolverlo.

En este escenario de prisas e histeria, tras el estallido de la burbuja, los que gestionaron sus recursos de forma prudente y planificada son los que hoy se encuentran en mejor posición. Curiosamente, hace medio siglo el psicólogo austriaco Walter Mischel ya demostró que los niños capaces de aplazar las recompensas obtenían resultados académicos más brillantes y, a medio plazo, empleos mejor remunerados. El experimento, citado posteriormente por Goleman, consistía en dar a un niño de cuatro años una golosina, que se convertiría en dos si era capaz de esperar 15 minutos a comerla. Es decir, se hacía elegir al niño entre el consumo inmediato y la inversión.

Solo uno de cada tres optó por esta segunda opción, pero el seguimiento realizado años después arrojó que esa minoría logró mucho más éxito en su carrera profesional que los otros dos tercios. El mensaje está claro: la paciencia y la capacidad de espera tienen un premio superior a la gratificación inmediata.

No solo las crisis de los países y empresas son fruto de una falta de perspectiva. El cortoplacismo está también detrás de la mayoría de fracasos personales en muchos ámbitos. Veamos algunos de ellos.

Vivienda. Los que compraron una propiedad por impulso, arrastrados por la fiebre inmobiliaria, si luego han descubierto que no era la apropiada, ya no podrán venderla o probablemente perderán la mitad de lo invertido.

Carrera profesional. La elección precipitada de una opción universitaria o de formación puede lastrar la vida de una persona, que acontece en buena parte en su trabajo.

Pareja. Comprometerse con la primera persona que se cruza por nuestro camino, sin averiguar si era la idónea, ha provocado no pocos fiascos sentimentales que luego dejan secuelas.

Alimentación. El ansia de saciar el apetito de forma rápida, por ejemplo en un fast food, está detrás de muchos casos de obesidad y otros trastornos para la salud.

En todas estas áreas, un poco de reflexión y espera hubiera bastado para impedir problemas que, paradójicamente, luego tienen larga duración.

En el extremo opuesto del bróker que realiza una operación en cuestión de segundos o del conductor airado que inicia una pelea sin medir sus consecuencias, veamos lo que sucede en Onkalo, al norte de Finlandia. Allí se está construyendo el primer cementerio nuclear del mundo que debería ser totalmente seguro.

Se trata de una enorme bodega subterránea capaz de resguardar como mínimo 100.000 años los desechos nucleares. Su construcción se inició en 1990 y la previsión es que quede sellada en 2100, con lo que los obreros implicados en este proyecto saben que no lo verán terminado en su vida. Sin embargo, son conscientes de que no trabajan para ellos, sino para todas las generaciones que les sucederán. Eso dota su misión de un sentido profundo. A una escala mucho menor, numerosos estudios demuestran que los pensadores a largo plazo establecen metas más precisas y las conquistan con más facilidad. La visión de los grandes objetivos les permite renunciar a satisfacciones inmediatas para llegar, con paciencia y constancia, hasta donde se han propuesto.

El profesor de Harvard y asesor político Edward Banfield estudió, ya a finales de los sesenta, por qué algunas personas alcanzaban sus objetivos mientras que otras no lo conseguían. Esperaba que la formación, el coeficiente intelectual, la familia y los contactos fueran los elementos clave para explicar los logros, pero no fue así. Para su sorpresa, averiguó que había un ingrediente esencial en todas las historias de éxito: la perspectiva del tiempo, es decir, la capacidad de una persona para proyectarse hacia el futuro al tomar las decisiones del presente.

Como bien saben los corredores de maratones o los novelistas, no es fácil mantener el ánimo a lo largo de todo el trayecto. Tendremos que hacer frente a tentaciones inmediatas —los caramelos de los adultos—, a la pereza, al cansancio y al desánimo, ya que habrá momentos duros que invitan a arrojar la toalla.

En su libro Masters of the long haul (maestros del largo recorrido), T. S. Bateman y Bruce Barry sostienen que la autorregulación es esencial para cualquier plan ambicioso. Si nos proponemos mejorar nuestra forma física, sanear nuestra economía o cualquier otra meta que necesite tiempo, es necesario:

No perder el foco en las acciones dirigidas al gran objetivo. Saber por qué lo hacemos es un acicate esencial.

Controlar las emociones, ya que pueden erosionar hasta el propósito más firme.

Aceptar cada fracaso como una base para la mejora. Además de incorporar estos instrumentos a nuestro navegador personal, veamos qué recomiendan los especialistas en planificación para una larga y fructífera travesía:

Definir nuestros objetivos en cada tramo. La pregunta que nos han hecho a veces como un juego, ¿cómo te imaginas de aquí a diez años?, es de lo más trascendente, ya que antes de realizar algo grande debemos concretarlo. Para ello es útil trazar cómo desearíamos que fuera nuestra vida de aquí a un año, a cinco, a diez, a veinte incluso…, como un mapa para no perder la orientación.

Clarificar los itinerarios. Una vez sabemos lo que queremos lograr en cada etapa, hay que desarrollar planes específicos. Si anhelamos un cambio de profesión, deberemos formarnos cuanto antes. Si se trata de una mejora económica o de salud, hay que cambiar nuestros hábitos desde ahora mismo.

Establecer prioridades. No podemos atender objetivos secundarios y pasar por alto el principal. Por eso en nuestro mapa debemos fijar, día a día y semana a semana, cuáles son las metas esenciales a cumplir. Si luego sobra tiempo, ya añadiremos otros objetivos suplementarios.

Prevenir los peores escenarios. En todo plan a largo plazo van a surgir contratiempos que pueden frenarnos, a no ser que los hayamos previsto y estemos preparados para hacerles frente. Por eso es importante, como decía Delacroix, “desear lo mejor, recelar lo peor y tomar lo que viniere”.

A estas recomendaciones habría que añadir empezar y persistir, ya que de nada sirve un ambicioso plan si no empezamos de inmediato. Y de poco sirve comenzar si luego no somos constantes. Por eso hay que iniciar ahora, y mañana volverlo a hacer. Y luego pasado mañana, disfrutando de la alquimia cotidiana que convierte la niebla de los sueños en el oro de lo que hacemos realidad.

Por Administrador
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Publicado el 19 de May del 2014
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