Viaje a la capital más contaminada del mundo
14Feb

Mongolia evoca imágenes de estepas interminables, cielos azules, animales en libertad, y tradiciones ancestrales que se resisten a morir. Al fin y al cabo, su territorio triplica en superficie al de Francia pero alberga a menos habitantes que los de Madrid, un hecho que convierte al país de Gengis Kan en el de menor densidad de población del mundo, y en uno de los más remotos. No obstante, la mitad de los tres millones de mongoles respira en invierno el aire más contaminado del planeta.

Son los habitantes que se concentran en la capital, Ulán Bator, una ciudad que crece al frenético ritmo de la globalización y de una economía que explota el filón de la minería: atraídos por oportunidades laborales que muchas veces no se materializan, entre 30.000 y 40.000 nómadas abrazan aquí la vida sedentaria y hacen valer su derecho constitucional a una parcela de tierra para instalarse con sus yurtas en las colinas que protegen la capital.

El problema es que, al igual que hacían en el campo, queman carbón y madera en sus anticuadas estufas para combatir las duras temperaturas, que también convierten a Ulán Bator en la capital más fría del planeta. De hecho, de madrugada el mercurio puede desplomarse hasta los 40 grados bajo cero. Ese es también el momento en el que las imponentes centrales térmicas que han sido engullidas ya por la megalópolis se encuentran al máximo rendimiento, emitiendo gruesos chorros de gases contaminantes a la atmósfera. Y antes de que amanezca las inadecuadas infraestructuras viarias se colapsan con un perpetuo atasco.

Desafortunadamente, la combinación de estos tres factores socioeconómicos tiene efectos dramáticos: en 2013 la Organización Mundial de la Salud (OMS) afirmó que un 10% de las muertes registradas en la ciudad, la capital más contaminada del mundo en invierno por delante incluso de Pekín o Nueva Delhi, estaban relacionadas con la polució. Entre 2004 y 2008 se produjo un aumento del 45% en los casos de enfermedades respiratorias, que, según el Banco Mundial, provocan un gasto adicional en Sanidad de más de 300 millones de euros al año. Y la situación no mejora.

Vaho y tubos de escape

A las 8:30 de la mañana el sol ya despunta en el horizonte, pero su silueta apenas se atisba a través de la densa capa gris que envuelve a Ulán Bator. El vaho de los peatones que caminan encogidos por el frío se mezcla con los gases que manan de los tubos de escape.

Desde las colinas salpicadas de yurtas y de pequeñas construcciones de madera, los nuevos rascacielos que reflejan el resurgir económico del país son meras sombras espectrales que se recortan contra un horizonte blanquecino. Flota en el aire un olor agrio, y el índice de partículas en suspensión de menos de 2,5 micras -las más dañinas para la salud- marca una concentración de más de 500 por metro cúbico de aire, 25 veces el máximo recomendado por la OMS. No obstante, en el interior de la vivienda móvil de Bayarshaikhan, un hombre que decidió mudarse con su familia a la capital el año pasado, hace calor y el aire es respirable.

Su familia no utiliza la estufa-cocina que trajo desde el campo sino una nueva que ha comprado subvencionada por el Gobierno. Resulta mucho más eficiente e incluye un filtro que frena las emanaciones nocivas. “Es una iniciativa muy interesante tanto para nosotros como para el conjunto de la ciudad, porque son preocupantes los problemas respiratorios que sufren sobre todo niños y ancianos”, comenta este ganadero reconvertido en mecánico.

“La inversión inicial que tenemos que hacer se recupera pronto, y gracias al cambio de la estufa el Gobierno nos ofrece la electricidad a un precio más reducido. Además, antes quemábamos dos bolsas de carbón al día en invierno y ahora sólo una”. Son ventajas evidentes que llevan cada vez a más residentes de los suburbios de las yurtas, donde ya vive el 60% de la población, a cambiar sus herrumbrosas estufas por otras más ecológicas. Según estimaciones del Gobierno, si se redujesen a la mitad las emisiones de estos calefactores el nivel de partículas en suspensión de la capital se reduciría en un tercio. Pero los dirigentes mongoles reconocen que no es suficiente.

Así, una de las imágenes que más sorprenden en la capital mongola es la proliferación de vehículos híbridos, sobre todo de las diferentes versiones del Prius que fabrica Toyota. “Resulta más económico porque consume menos y porque nos hacen un importante descuento en el impuesto de matriculación”, comenta Anar Chack, una joven emprendedora que también se muestra preocupada por la situación medioambiental de Ulán Bator.

“Hay una gran demanda de Prius, y calculo que un 30% de todos los vehículos que hay ahora en la calle son de este modelo”. Sin duda, un vistazo a cualquier aparcamiento y al mercado de segunda mano es suficiente para certificar que, a pesar de que no es el automóvil más adecuado para las carreteras mongolas, los Toyota importados de Japón tienen una gran aceptación.

No obstante, Ulán Bator necesita mucho más que pequeñas dosis de maquillaje para recuperar la habitabilidad de hace décadas. Por eso, en 2013 el Gobierno aprobó modificaciones en el master plan de la ciudad que elevan a 25.000 millones de euros la inversión que se realizará hasta 2030 para crear 10 nuevos distritos, tres ciudades satélite, y una red de metro y de tranvía. El objetivo es reducir drásticamente el número de habitantes en yurtas y aumentar hasta el 70% el porcentaje de los residentes en bloques de apartamentos que ahora proliferan por doquier y cuya construcción también suma contaminación.

No obstante, el boom de la minería parece estar llegando a su fin y el teniente de alcalde de la capital, Ochirbat Sorogjoo, admitió en una entrevista con el diario Financial Times que la reducción de los ingresos por impuestos supone una amenaza para este proyecto tan ambicioso. “Tenemos que reconocer que las condiciones económicas actuales están ralentizando en cierta manera el desarrollo del proyecto para los barrios de gers [nombre que recibe la yurta mongola]”, afirmó.

Otros temen que el mayor problema al que se enfrenta la necesaria reforma urbanística de Ulán Bator no sea económico sino social. “Muchos de los residentes en gers tienen dificultad a la hora de adaptarse a la vida urbana. No podemos olvidar que se trata de gente que ha vivido en completa libertad, moviéndose de un lado para otro siempre con su yurta. Aunque la mayoría ansía adquirir un apartamento, muchos de quienes consiguen este objetivo echan de menos su antigua vivienda”, explica O Oyumaa, directora de una de las 18 guarderías construidas por el Banco Mundial para facilitar el desarrollo económico de los suburbios de gers. “Además, el paro hace estragos en los suburbios y las diferencias sociales se agrandan”.

De momento, nadie duda de que los inviernos continuarán siendo fríos y grises. La presión demográfica y la falta de recursos constriñen a una ciudad que se ha convertido en la antítesis de la esencia mongola. “Nos gustaría poder volver al campo, vivir cerca de la naturaleza, pero las posibilidades de recibir una buena educación y de encontrar un trabajo digno sólo se encuentran en la capital”, se lamenta Baaska, una joven estudiante de japonés. “Sólo si se crean más oportunidades en otros lugares del país se solucionarán los problemas de Ulán Bator, porque los jóvenes pensaremos en ir a otras ciudades”, sentencia.

Por Administrador
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Publicado el 14 de February del 2015
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